Daily Word of Encouragement 3.7.26 - TJ Robert

Published March 7, 2026
Daily Word of Encouragement 3.7.26 - TJ Robert

Personal Testimonies - March 7, 2026

I don't remember a time when I didn't know Jesus. At around 5 or 6 years old, I professed faith in Christ—simple, childlike trust in Him as my Savior—and I've never really known a life without Him. I grew up in an amazing Christian home where my parents and family modeled what it looks like to live for Jesus every day: prayer, Scripture, church, grace in the hard moments, and love that pointed back to the gospel. They taught me early that we're all sinners who fall short, that we need forgiveness, and that God is sovereign and in control even when we mess up. That foundation was a gift from God—I see now how His grace protected me from wandering far into the kinds of outward rebellion others face.

To be honest, though, I've never had a dramatic "before and after" story. No rock-bottom crisis, no sudden lightning-bolt moment where everything flipped. My faith has felt steady in many ways—I always knew I needed a Savior, and Jesus is that Savior. But as I've gotten older, something profound has happened: the more I grow, the more clearly I see my own depravity. The sins I once brushed off as "small" now look massive against God's holiness. My heart still strays, still wanders toward self-reliance, pride, or distraction, even when I don't want it to. I realize more every day how totally unable I am to fix myself or live the Christian life in my own strength. I need Jesus not just for initial salvation, but every single moment. The cross looms larger, not smaller—His perfect life, His atoning death, His resurrection become more precious as I see how desperately I depend on His righteousness credited to me, not my own.

I'm so thankful God saved me at a young age—it's all His grace, nothing I've earned. He could have let me wander far, but in His kindness He drew me close early and has kept working in my life every day since. The biggest thing I'm learning is that real peace comes when I stop trying to hold it all together and just fully surrender everything to Him. When I admit I can do nothing—really nothing—without Him, that's when the anxiety starts to fade. Life feels lighter, my mind rests easier, and I understand Christ's love in a deeper way. It's not about being perfect; it's about trusting the One who already is. If you're reading this—whether you've known Him from childhood like me, or you're still discovering your need for Him—His grace is enough right here, right now. Surrendering to Him doesn't make life perfect, but it brings a peace that nothing else can. Praise God for His faithful love!

Testimonios personales - 7 de marzo de 2026

No recuerdo ningún momento en el que no conociera a Jesús. A los cinco o seis años, profesé mi fe en Cristo, con una confianza sencilla e infantil en Él como mi Salvador, y nunca he conocido realmente una vida sin Él. Crecí en un hogar cristiano maravilloso, donde mis padres y mi familia me dieron ejemplo de lo que significa vivir para Jesús cada día: oración, Escritura, iglesia, gracia en los momentos difíciles y amor que remitía al evangelio. Me enseñaron desde pequeño que todos somos pecadores que nos quedamos cortos, que necesitamos perdón y que Dios es soberano y tiene el control incluso cuando nos equivocamos. Esa base fue un regalo de Dios; ahora veo cómo Su gracia me protegió de alejarme hacia el tipo de rebelión externa a la que se enfrentan otros.

Sin embargo, para ser sincera, nunca he tenido una historia dramática de «antes y después». No he pasado por una crisis profunda, ni he tenido un momento repentino en el que todo cambiara. Mi fe se ha mantenido firme en muchos sentidos: siempre supe que necesitaba un Salvador, y Jesús es ese Salvador. Pero a medida que he ido creciendo, ha ocurrido algo profundo: cuanto más crezco, más claramente veo mi propia depravación. Los pecados que antes descartaba como «pequeños» ahora me parecen enormes frente a la santidad de Dios. Mi corazón sigue desviándose, sigue vagando hacia la autosuficiencia, el orgullo o la distracción, incluso cuando no quiero que lo haga. Cada día me doy más cuenta de lo totalmente incapaz que soy de arreglarme a mí mismo o de vivir la vida cristiana con mis propias fuerzas. Necesito a Jesús no solo para la salvación inicial, sino en cada momento. La cruz se hace más grande, no más pequeña: su vida perfecta, su muerte expiatoria, su resurrección se vuelven más preciosas al ver cuán desesperadamente dependo de su justicia que se me atribuye, no de la mía.

Estoy muy agradecida de que Dios me salvara a una edad temprana: todo es por Su gracia, no por nada que yo haya hecho. Él podría haberme dejado vagar lejos, pero en Su bondad me acercó pronto y ha seguido obrando en mi vida cada día desde entonces. Lo más importante que estoy aprendiendo es que la paz verdadera llega cuando dejo de intentar controlarlo todo y me entrego por completo a Él. Cuando admito que no puedo hacer nada, realmente nada, sin Él, es cuando la ansiedad comienza a desvanecerse. La vida se siente más ligera, mi mente descansa más fácilmente y comprendo el amor de Cristo de una manera más profunda. No se trata de ser perfecto, sino de confiar en Aquel que ya lo es. Si estás leyendo esto, tanto si le conoces desde la infancia como yo, como si aún estás descubriendo tu necesidad de Él, su gracia es suficiente aquí y ahora. Entregarse a Él no hace que la vida sea perfecta, pero aporta una paz que nada más puede dar. ¡Alabado sea Dios por su amor fiel!