Daily Word of Encouragement 7.7.25 - TJ Robert

Identity in Christ - John 1:12-13 - July 7, 2025
But to all who did receive him, who believed in his name, he gave the right to become children of God, who were born, not of blood nor of the will of the flesh nor of the will of man, but of God.
John 1:12–13
These verses remind us in the clearest terms: salvation is entirely the work of God. Any right we have to call ourselves His children comes not from our efforts, our decisions, or our family heritage. It comes only from Him.
Notice how John stacks up the ways we don’t become God’s children. It’s not by blood; our family background or spiritual heritage cannot save us. It’s not by the will of the flesh; no amount of determination or good intentions can make us belong. It’s not by the will of man; no human system or ceremony can manufacture new birth. Only God can bring dead hearts to life. Only He can draw us to Himself, awaken faith, and adopt us as His own.
This is profoundly humbling. It strips us of any claim to credit. We bring nothing to the table but our need. We contribute nothing to our salvation but the sin that made it necessary. All that we have, our faith, our forgiveness, our hope, flows from the overflowing mercy and power of God.
These truths are meant to lift our eyes from ourselves and fix them on the greatness of the One who saves. When we understand that we can do nothing apart from Him, our boasting is silenced, our pride is shattered, and our hearts are freed to worship. He alone is worthy. He alone receives the glory.
Today, let these verses remind you that your security, your belonging, and your new identity are not fragile things built on your own strength. They rest on God’s unshakable purpose and grace. Without Him, we have nothing. But in Him, we have everything.
Palabra diaria de aliento basada en la lectura de hoy
Identidad en Cristo - Juan 1:12-13 - 7 de julio de 2025
Pero a todos los que lo recibieron, a los que creyeron en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios, los que no nacieron de sangre ni de la voluntad de la carne ni de la voluntad del hombre, sino de Dios.
Juan 1:12-13
Estos versículos nos recuerdan en términos muy claros: la salvación es obra exclusiva de Dios. Cualquier derecho que tengamos de llamarnos hijos suyos no proviene de nuestros esfuerzos, nuestras decisiones o nuestra herencia familiar. Proviene únicamente de Él.
Fíjate en cómo Juan enumera las formas en que no nos convertimos en hijos de Dios. No es por sangre; nuestros antecedentes familiares o nuestra herencia espiritual no pueden salvarnos. No es por la voluntad de la carne; ninguna cantidad de determinación o buenas intenciones puede hacernos pertenecer. No es por la voluntad del hombre; ningún sistema o ceremonia humana puede fabricar un nuevo nacimiento. Solo Dios puede dar vida a los corazones muertos. Solo Él puede atraernos hacia sí mismo, despertar la fe y adoptarnos como suyos.
Esto es profundamente humillante. Nos despoja de cualquier derecho a atribuirnos mérito alguno. No aportamos nada más que nuestra necesidad. No contribuimos en nada a nuestra salvación, salvo el pecado que la hizo necesaria. Todo lo que tenemos, nuestra fe, nuestro perdón, nuestra esperanza, proviene de la misericordia y el poder desbordantes de Dios.
Estas verdades tienen por objeto apartar nuestra mirada de nosotros mismos y fijarla en la grandeza de Aquel que salva. Cuando comprendemos que no podemos hacer nada sin Él, nuestro jactancioso se silencia, nuestro orgullo se hace añicos y nuestros corazones se liberan para adorar. Solo Él es digno. Solo Él recibe la gloria.
Hoy, deja que estos versículos te recuerden que tu seguridad, tu pertenencia y tu nueva identidad no son cosas frágiles construidas con tu propia fuerza. Descansan en el propósito y la gracia inquebrantables de Dios. Sin Él, no tenemos nada. Pero en Él, lo tenemos todo.