Daily Word of Encouragement 8.3.25 - TJ Robert

Published August 3, 2025
Daily Word of Encouragement 8.3.25 - TJ Robert

Praying in the Psalms - Psalm 22 - August 3, 2025

 Psalm 22 begins with a cry that many of us have felt deep in our bones: “My God, my God, why have you forsaken me?” David isn’t holding anything back—he’s broken, exhausted, and surrounded by pain. His prayer is brutally honest. He feels forgotten, mocked, and crushed. And yet, in his suffering, David doesn’t turn away from God—he turns toward Him in prayer.

 We’ve all had moments like that—when life feels overwhelming, when fear takes over, when we wonder if God even sees us. In those moments, it’s tempting to stay silent, to pull away, to shut down. But Psalm 22 reminds us: even when we feel forsaken, we can still pray. Especially then.

What’s beautiful is that this isn’t just David’s story—it’s Jesus’. On the cross, Jesus takes David’s words and makes them His own: “My God, my God, why have you forsaken me?” (Matthew 27:46). Jesus enters into the depth of human suffering—not just to relate to our pain, but to redeem it. Where David prayed for deliverance, Jesus became our deliverer. He was truly forsaken so that we never would be.

 And here’s what this means for us: we are always in desperate need of Jesus—not just when life is falling apart, but in every moment. Our need for Christ is constant. Sometimes we feel it more acutely in hardship, but the truth is, we are just as needy in our victories as in our defeats. That’s why prayer isn’t just for moments of crisis—it’s the lifeline for our whole life.

Psalm 22 starts with pain but ends in praise. David moves from “Why have You forsaken me?” to “I will declare Your name… I will praise You” (v.22). That shift doesn’t happen because his situation suddenly improves, but because he remembers who God is. Prayer reorients him—just like it reorients us.

 So whether you’re at your lowest or feeling strong, don’t stop praying. Cry out in your weakness, but also pray in your strength—because both are illusions without Jesus. In every situation, we need Him. In every breath, we’re dependent. Let your life be a prayer—raw, honest, and desperate for the One who never leaves and always saves.

Orando en los Salmos - Salmo 22 - 3 de agosto de 2025

 El Salmo 22 comienza con un grito que muchos de nosotros hemos sentido en lo más profundo de nuestro ser: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». David no se guarda nada: está destrozado, agotado y rodeado de dolor. Su oración es brutalmente honesta. Se siente olvidado, burlado y aplastado. Y, sin embargo, en su sufrimiento, David no se aleja de Dios, sino que se vuelve hacia Él en oración.

 Todos hemos tenido momentos así, en los que la vida nos abruma, el miedo se apodera de nosotros y nos preguntamos si Dios nos ve. En esos momentos, es tentador permanecer en silencio, alejarse, cerrarse. Pero el Salmo 22 nos recuerda que, incluso cuando nos sentimos abandonados, podemos seguir orando. Especialmente entonces.

 Lo hermoso es que esta no es solo la historia de David, es la de Jesús. En la cruz, Jesús toma las palabras de David y las hace suyas: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mateo 27:46). Jesús entra en lo más profundo del sufrimiento humano, no solo para identificarse con nuestro dolor, sino para redimirlo. Donde David oró por la liberación, Jesús se convirtió en nuestro libertador. Él fue verdaderamente abandonado para que nosotros nunca lo fuéramos.

  Y esto es lo que significa para nosotros: siempre necesitamos desesperadamente a Jesús, no solo cuando la vida se desmorona, sino en cada momento. Nuestra necesidad de Cristo es constante. A veces la sentimos más intensamente en las dificultades, pero la verdad es que la necesitamos tanto en nuestras victorias como en nuestras derrotas. Por eso la oración no es solo para los momentos de crisis, sino que es el salvavidas de toda nuestra vida.

 El Salmo 22 comienza con dolor, pero termina con alabanza. David pasa de «¿Por qué me has abandonado?» a «Anunciaré tu nombre... Te alabaré» (v. 22). Ese cambio no se produce porque su situación mejore de repente, sino porque recuerda quién es Dios. La oración le reorienta, igual que nos reorienta a nosotros.

 Así que, tanto si estás en lo más bajo como si te sientes fuerte, no dejes de orar. Clama en tu debilidad, pero también ora en tu fortaleza, porque ambas son ilusiones sin Jesús. En todas las situaciones le necesitamos. En cada respiración, dependemos de Él. Deja que tu vida sea una oración: cruda, honesta y desesperada por Aquel que nunca nos abandona y siempre nos salva.